
Era el mes de enero y en Bilbao, tras eliminar a Osasuna en octavos y conocer que el Sporting era el rival en cuartos, comenzaba a correr un sabor a que algo grande podía ocurrir en la Copa este año. Cayó el Sporting y la locura se apoderó de la ciudad en la semifinal frente al Sevilla. Tras lograr la clasificación para la final y las horas de celebración comenzó la preocupación por conseguir entradas para la final.